domingo, 5 de abril de 2009

El Colegio Nacional de Buenos Aires se anima a salir del placard

En el colegio soy lo que soy, en casa todavía no. Francisco, Priscila y otros dos alumnos que integran la movida aún no revelaron ante sus padres su identidad sexual. Por eso pidieron no dar la cara para esta nota.

Él tiene 17 años y es transgénero. En casa lo llaman con nombre de mujer, pero en la escuela se presenta como varón. Tardó en saber qué significaba ser transgénero, pero ahora quiere iniciar los tratamientos con hormonas. Sabe que ni bien cumpla los 18, papá y mamá no podrán impedirlo.

Ella tiene 18 y es lesbiana. Lo sabe desde chica, pero nunca lo habló con sus padres, una pareja de inmigrantes coreanos muy cristiana y conservadora. “Jamás lo aceptarían, sería una tragedia para ellos”, dice.

En 2008, ambos decidieron dar un paso inédito en la historia del Colegio Nacional de Buenos Aires, uno de los más tradicionales de la Argentina: crearon una “comisión de diversidad” en el centro de estudiantes. Es la primera experiencia de este tipo en el país. La rectora, Virginia González Gass, los respalda y ya son varios los alumnos gays y lesbianas que se acercaron para participar.

Él quiere que cuando pasan lista lo llamen Francisco. Ella quiere que cuando hablen de educación sexual se hable de todas las sexualidades y de todas las familias posibles. Ambos contaron cómo es ser gay, lesbiana o transexual en una escuela secundaria porteña de comienzos del siglo XXI.

FRANCISCO. “Un día les dije a mis padres: ‘soy lesbiana’. Ellos me dijeron que no podía ser ‘eso’, que lo hacía para llamar la atención, y no se habló más.

–¿Y cómo pasaste de “soy lesbiana” a “soy Francisco”?

–De chico, me creía que era mujer, pero después no podía dormir pensando que iba a tener que usar falda. Ya en esa época no era muy femenino. A los 14, empecé a buscar respuestas. Encontré páginas de internet sobre personas trans, que hablaban de la sensación de haber nacido en el cuerpo equivocado. Yo no me sentía así: a esa edad, el cuerpo no me importaba mucho. Hoy pienso que no nací en un cuerpo “equivocado”; nací como todo chico trans, que después tiene que construir su cuerpo. Pero en ese momento no lo entendía: tenía que ser una cosa o la otra, y como me gustó alguna chica pensé: “Debo de ser lesbiana”. Fue un primer momento de libertad. Pero después me fui masculinizando cada vez más.

–¿Cómo reaccionaban los otros?

–También empezaban a verme como un chico. En el colegio entraba al baño de mujeres y me decían que me había equivocado de baño. Me masculinicé tanto que la gente me miraba en el subte tratando de descubrir qué era. Fui identificándome cada vez más, hasta que me di cuenta de que era un chico trans.

–¿Cómo manejaste ese cambio socialmente?

–Mis compañeros me llaman con un sobrenombre neutro, pero los más amigos me dicen Francisco. Saben que si usan mi nombre legal los voy a mirar con mala cara, así que llegamos a ese acuerdo. Mi familia no sabe nada, salvo un primo, y mis padres usan mi nombre legal. Es feo, porque es como tener tres vidas diferentes: soy una chica heterosexual para algunas personas, una chica lesbiana para otras y un chico trans para los que me conocen bien. Estaría bueno tener una sola vida, la que yo quiero. Supongo que se va a ir dando.

PRISCILA. “Mis padres son coreanos y no leen diarios en español, así que no van a enterarse de esta nota”, dice, y se ríe.

–¿Y cómo lo tomarían si supieran?

–Ellos son muy tradicionales y cristianos, mi madre reza todos los días, son como sacados del siglo XVII. Si supieran que soy lesbiana, llamarían a todos los pastores para exorcizarme o tratarían de obligarme a que me case con un hombre. Que sea lesbiana no está en sus planes.

–¿Y cuáles son tus planes?

–No contarles nunca. Es triste que no lleguen a conocerme, pero tengo amigas coreanas que se lo dijeron a sus padres y terminó todo mal. Yo quiero vivir libremente mi vida, aunque sea alejada de ellos. Ser feliz y que ellos también sean felices.

–¿Cómo fue la salida del placard con tus compañeros del secundario?

–Medio forzada, porque un chico encontró un cuaderno donde yo anotaba cosas personales, lo leyó con otros y empezó a correrse la noticia de que yo era lesbiana. Después terminó todo bien, quizá porque hay muchos chicos gays en el grupo y eso influyó a todos. De hecho, la exploración está muy aceptada y muchos chicos ya “probaron” con ambos sexos.

–¿Qué creés que piensan los chicos de tu edad sobre la homosexualidad?

–En mi grupo, el tema está ya muy naturalizado. Con el matrimonio gay están todos de acuerdo, pero algunos dicen que no aceptan la adopción. Es por falta de información. Deberían explicarme a mí por qué piensan que yo no podría ser una buena mamá.

La militancia. “Al principio, la idea era crear una comisión LGBT, pero la bautizamos Comisión de Diversidad porque nos pareció mejor ampliarla y trabajar con todas las diversidades”, dice Priscila. “Pero, hasta ahora, todas las actividades fueron de diversidad sexual”, aclara Francisco.

Priscila había llegado a 5º año y lamentaba haberse sentido sola en su proceso de descubrimiento; decidió que había que hacer algo. Conversó con Francisco y convocaron a otros amigos gays y lesbianas. Más alumnos, lentamente, empiezan a acercarse. Francisco recorrió los cursos para convocar al Festival de Arte Queer que organizaron con la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans y a la presentación, planificada junto con el Área de Jóvenes de la CHA, de una guía para salir del armario. “Con los profesores no hubo problemas, y González Gass (la rectora) fue muy abierta”, cuentan. La primera actividad fue la proyección de la película La jaula de las locas (la remake con Robin Williams) y se presentaron en el foro de internet de la escuela.

“Cuando pasé por las divisiones, algunos chicos se reían, pero seguro habría otros que se sentían identificados. A veces no sabía con qué nombre presentarme ante los que no me conocían. Andar explicándole mi identidad de género a todo el mundo es agobiante”, dice Francisco.

Priscila quiere seguir participando como ex alumna y promover que lo mismo que ellos hicieron se haga en otras escuelas: “La educación sexual es muy importante, para acabar con la ignorancia y los prejuicios. Hay personas que ni saben lo que es una persona trans”.

Francisco está comenzando el último año del secundario y, para después, duda entre sociología o antropología. Priscila ya egresó y quiere estudiar cine o fotografía, y también ingeniería ambiental. Ambos quieren seguir adelante con este espacio inédito que abrieron con más dudas que certezas. “Estoy orgullosa de lo que logramos”, dice Priscila. “Fue sólo el comienzo”, agrega Francisco.

Fuente: criticadigital.com

Es una bocanada de aire fresco leer esta tipo de noticias, de que mi país está progresando y cada vez hay mayor aceptación en cuanto a la diversidad sexual en los colegios. Bravo por estos chicos y su iniciativa. Y a mí me da ganas de tener 17 nuevo para ser parte de todos estos cambios sociales tan importantes :D Enhorabuena!

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